ALQUIMIA

No sé si un día José Ortiz podrá tener la misma satisfacción, la misma serenidad, que debió sentir Paul Klee, el “padre” de la abstracción, cuando por fin pudo llegar a escribir: “Dejo ahora el trabajo. Me he compenetrado del ambiente de una manera tan suave que, sin esforzarme, me siento cada vez más seguro. El color me domina. No necesito ir en busca de él. Me posee, lo sé bien. He aquí el sentido de este momento feliz: yo y el color somos uno”. Yo no sé, ya lo dije, si llegará ese día, aunque siguiendo su evolución, y a la vista de esta “Alquimia” vidriada, serena, reflexiva y madura, quizás ese día no esté tan lejano. En todo caso, lo que si sé es que José Ortiz continuará luchando artesanal, artísticamente, por seguir arrancando colores; porque cada color sea significante en sí mismo y por establecer en cada cuadro, en cada creación, una relación entre ellos que, más allá de la armonía, siga desatando mares de sensaciones y de sugerencias. Y lo que sí sé también es que ya ha conseguido una de las aspiraciones de todo creador: que cuando uno mira, cuando uno ve uno de sus cuadros, no necesita acudir a su firma. Y no lo necesita porque ya sabe que ese cuadro es de Pepe Ortiz.

Carmelo Romero